Algarabía1. f. Lengua árabe. 2. Lengua o escritura ininteligible. 3. Gritería confusa de varias personas que hablan a un tiempo. 4. Manera de hablar atropelladamente y pronunciando mal las palabras. 5. Enredo, maraña. |
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Adib Sha'ban En una aldea de la región de Monte Líbano, al norte de Beirut, un equipo que buscaba laudistas clásicos para realizar un documental sobre los métodos tradicionales y modernos de tocar este instrumento descubrió a un desconocido fabricante de laúdes y virtuoso intérprete de los maqams (modos) árabes: Adib Sha'ban. Preparad el Real Player, bajad el volumen cuando estalle la sintonía a lo Movierecords de Oriental Tunes y subidlo de nuevo para disfrutar de esta improvisación de diez minutos en la que utiliza hasta nueve maqams. Aunque la imagen y el sonido son bastante malos porque se trata de una grabación en directo, es toda una joya. Shukran yazilan, ya Adib!Los bardos del poder Las estrellas de la música se unen para presionar al G-8. Eso dicen hoy los titulares. Nos bombardean con imágenes de los variopintos conciertos en diferentes lugares del planeta mientras la organización pide que no se mencione la guerra de Iraq ni el nombre de ninguno de los políticos del G-8, que se trata de una "gran fiesta civilizada", de luchar contra la pobreza a través de la música [Aparece un primer plano de Claudia Shiffer]. ¿Fiesta? ¿Civilizada? Me pregunto qué es lo que celebran y qué entienden ellos por civilizada (¿complaciente, sumisa, políticamente correcta?). Los expertos tertulianos, ya convertidos en epidemia, se muestran entusiasmados y traducen a su manera: el cantante de Greenday canta "American idiot" y al acabar grita "We're here to fuck the politicians all over the world" y ellos se apresuran a versionear "Estamos aqui para luchar contra las injusticias". Siento náuseas. Los líderes del G-8, del FMI, la OMC, el Banco Mundial y demás organizaciones criminales deben estar partiéndose de risa y preparando la próxima cena bien regada con Geldof y Bono (no el nuestro, pero todo se andará). Kofi Annan, señorito del selecto club Bildelberg y director de una gran transnacional, sube al escenario en Hyde Park. ¡Oh, sorpresa, el líder de la inoperante ONU se suma a la orgía para dar la gracias! Las gracias ¿por qué? Por supuesto, el Anticristo del Vaticano también se ha sumado y ha pedido que se repartan los bienes de la Tierra. Conmovedor. Apago la televisión, me enchufo a toda leche a Fugazi y devoro un excelente artículo de un columnista de The Guardian, George Monbiot, que explica con enorme lucidez en qué consiste todo este circo. Imprescindible leer Los bardos de los poderosos. La verdadera protesta será esta semana en las calles de Edimburgo, sin censuras ni complacencias salvo a las que obliguen los gases lacrimógenos y las pelotas de goma. Menos mal que no nos engañan a todos.Pseudovacaciones Comienzan mis pseudovacaciones, pseudo porque simplemente me llevaré el trabajo (las interioridades del genoma) a un lugar más verde y fresco, un lugar en el que, cuando aparte la vista del portátil, podré ver el mar a sólo unos metros de la terraza (cosas de la especulativa no aplicación de la Ley de Costas). No desconectaré del todo, pero dedicaré todo el tiempo que pueda a observar y absorber la realidad no cibernética, ésa de la que es espejo la red o viceversa, ¿quién sabe?, y a prepararme mental y materialmente para un exilio voluntario y tal vez definitivo en un palmeral africano abrasado por la brisa del desierto. Espero sobrevivir a todo ello.Aparentemente, la foto no tiene nada que ver con el hilo. Es un extraño concubinato entre la fotografía de moda de Clayton Cubitt y los algoritmos de Tom Carden que le he fusilado a Elastico, una imagen tan ecléctica como mi inminente poliandria con el genoma, el mar y los exilios. Intensas vacaciones a todos. La locura del capitán El curtido capitán Robert Fitzroy se preparaba para una larga singladura que iba a durar cinco largos años a bordo de un buque científico. No temía los peligros del mar ni a las criaturas que lo pueblan. Su temor era más profundo, más irracional y ancestral. El capitán Fitzroy temía más que nada en el mundo verse poseído por la locura. Las convenciones sociales de la época impedían a los capitanes intimar con la tripulación y el miedo a perder la cordura tras cinco años de aislamiento le atormentaba hasta tal punto que decidió administrarse un antídoto contra una enfermedad que estaba seguro de contraer. Solicitó llevar a bordo un compañero de viaje con el que conversar en las largas sobremesas. Ese acompañante resultó ser, por pura casualidad, un joven díscolo y amante de los espacios abiertos abocado por la presión familiar a estudiar en contra de su voluntad medicina y prepararse para el sacerdocio: Charles Darwin. Lo que el miedo a la locura del capitán Fitzroy depararía a la biología en particular y a la ciencia en general, pese a que las relaciones entre Darwin y el capitán fueron muy poco amistosas, es una historia harto conocida. Por desgracia, para sobrellevar el miedo ante la locura generalizada que se avecina en estos días de atentados y asesinatos a bocajarro, de sangre y represión en plena retroalimentación, no bastará con elegir a los compañeros de viaje adecuados, ni tampoco cabe esperar que de ese miedo se vaya a beneficiar la ciencia salvo aquella que se ocupa de la invención de artilugios cada vez más mortíferos y sofisticados. No resulta difícil envidiar aquellos cinco años de aislamiento en las tripas del Beagle a la vuelta de unas vacaciones ajena a los avatares de este desgarrado mundo, que sin duda no es el mío. Banda sonora: Don't blame me, The Exploited. Normales terroristas Santiago Alba Rico (publicado en el periódico Gara)Simplifiquemos las altísimas aspiraciones de la Civilización: queremos más agua, más luz, más petróleo, más carne, más coches, más móviles, más televisores y queremos, además, tener razón, ser más buenos, más justos, dar lecciones, concentrar una moral superior. Para tener más agua, más luz, más carne, más petróleo, tenemos que bombardear ciudades, ocupar países, sostener dictadores, serrar cotidianamente, minuciosamente, los grandes mandamientos que nos hemos dado; para tener razón, para ser más buenos, más justos, para dar lecciones y seguir concentrando una moral superior tenemos que engañarnos. Estamos a punto de alcanzar la perfección en todos los terrenos; nuestro poder es ya tan fabuloso que podemos destruir el mundo y podemos al mismo tiempo perdonarnos. Reivindicamos nuestro derecho a entristecernos, a enrabietarnos, a honrar a nuestras víctimas, a merecer compasión, a la atención de un psiquiatra, a no tener nunca, pase lo que pase, ninguna responsabilidad. Pero nuestro derecho a la inocencia, en un mundo en el que somos más fuertes, más ricos, más influyentes, exige desplazar a los otros permanentemente fuera de la humanidad común: si la tristeza de un israelí es natural, la de un palestino es una trampa; si la rabia de un londinense es justa, la de un iraquí es ideológica; si el dolor de un madrileño nos afecta, el de un afgano nos deja indiferentes; si el divorcio de un neoyorquino merece los lametones de un psicólogo, a un boliviano o a un haitiano la miseria no les puede dejar ninguna huella; si nosotros no hemos hecho nunca nada, si no podemos reprocharnos nada, si no somos responsables de nada, es que casi todos los demás, por activa o por pasiva, son unos malvados. 11-S, 11-M, 7-J, bombas en NY, en Madrid, en Londres (o esas otras, también anti-occidentales, en Bali y Sharm-e-Sheikh): a medida que «la guerra mundial contra el terrorismo» revela todo su fracaso, salvo para generar más terrorismo; a medida que los occidentales recibimos en casa un porcentaje mínimo del miedo y el dolor que generamos en otras partes a gran escala; a medida que el peligro se agrava para todos, más insistimos en la evidencia de nuestra pureza civilizada. Con una recurrencia casi pasmosa, desde hace unas semanas todos los análisis relacionados con los atentados de Londres giran en torno a cuestiones cuya aparente impersonalidad académica ya nos protege de otras preguntas: «¿Qué piensa un terrorista?», «¿Cómo se produce un fanático?», donde nuestra inocencia planetaria y nuestra superioridad moral se manifiestan y se confirman en la posibilidad misma de esta científica curiosidad intelectual («¿Qué piensa un caballo?» o «¿Cómo se produce un tsunami?»). El asunto es que ni nosotros ni nuestros gobernantes somos responsables de nada. Para absolvernos tenemos que psicologizar los motivos de los terroristas, descolgarlos fuera de la historia en los abismos de la ideología o de la metafísica. Lo que pretendió Aznar en el 2004 ante el escándalo de la mayoría, después del 7-J lo repiten los más sesudos intelectuales (Enrique Krauze u Olivier Roy, por ejemplo) y lo aceptamos casi todos sin resistencia: no hay ninguna relación, se repica, entre la ofensiva islamista y la invasión de Irak, como lo demuestra el hecho de que EEUU sólo invadió este país después del 11-S. Dejemos a un lado la ilusión eficazmente inducida de un punto auroral, un «cero» de la Historia antes del cual no habría ocurrido nada y que instituiría el derecho original a cualquier forma de respuesta; de lo que no se dan cuenta los que insisten en la desconexión entre el terrorismo islamista y la invasión de Irak es de que, al romper esa relación, están despojando a EEUU de todo pretexto honorable y «civilizado» y justificando paradójicamente la rabia de los que, terroristas o no, consideramos completamente inadmisible el imperialismo estadounidense. Si no hay ninguna relación entre el terrorismo y la invasión de Irak, ¿por qué entonces EEUU invadió Irak? Si no queremos hacer historia, si preferimos evitar por si acaso los análisis económicos y sociales, resignémonos a aceptar, por lo menos, que tenemos dos problemas y no sólo uno: el de un terrorismo injustificado que vuela vagones de metro en Londres por pura «perversión ideológica» y el de un imperialismo injustificado que invade países y bombardea ciudades y encarcela y tortura por «pura perversión económica». En víctimas humanas, en daño moral, en consecuencias legales, la diferencia entre ambos es tan grande que, incluso si llegamos a la conclusión de que no guardan ninguna relación entre sí, una mente ordenada y sensata (también occidental) no debería tener dudas acerca de cuál merece toda nuestra prioridad. Pero como se trata de tener más petróleo y de ser más buenos, absolvemos el imperialismo que tanto nos beneficia y psicologizamos el terrorismo que podría obligarnos a reflexionar. Por eso, contra las bombas de NY, de Madrid y de Londres, no podemos concebir sino soluciones que aseguren, al mismo tiempo, nuestros privilegios y nuestra superioridad moral. Una, material, es la de pedir más policías, más leyes de excepción, más vigilancia capilar, aún a riesgo de gangrenar para siempre el concepto mismo de democracia. La otra, mágica, la de esa Alianza de Civilizaciones que pretende poner de acuerdo a los hombres sin tocar más que con palabras la «brecha» terrible que separa a las sociedades: «un esfuerzo de la comunidad internacional para eliminar y superar prejuicios, malos entendidos, percepciones erróneas y divisiones que podrían ser una amenaza potencial para la paz mundial». El problema -se sobrentiende- es que los niños bombardeados de Faluya «perciben» mal nuestras intenciones, «malentienden» nuestros propósitos: hay que convencerlos, pues, de que somos buenos. Para ello hablaremos con sus sheikhs, sus imames y sus dictadores y les pediremos que hagan un esfuerzo adicional de propaganda y represión. No queremos aceptar que, si hay realmente un problema de «conocimiento», es el de que en Irak, en Palestina, en Latinoamérica se nos conoce muy bien: «de nosotros los civilizados», decía Anatole France hace ya cien años, «los bárbaros sólo conocen nuestros crímenes». El tristísimo entusiasmo de Kofi Anan frente a la propuesta de Zapatero sólo demuestra la terrible claudicación de la ONU y la aceptación de que los conflictos se decidan al margen del Derecho internacional. A nadie se le ha ocurrido ni siquiera la solución muy moderada, antes de recurrir a la magia, de que las Naciones Unidas exijan la aplicación de todos sus principios y resoluciones. La pregunta arrogante y auto-exculpatoria «¿qué piensan los caballos?» ha ido acompañada en estos días del estupor occidental de descubrir que los caballos que volaron el metro de Londres eran, después de todo, caballos normales: jóvenes integrados, buenos vecinos, sencillos trabajadores de los que nadie hubiera podido sospechar nada. ¿Cómo unas personas normales pueden sentir tanta indiferencia ante el dolor de sus semejantes? Diré que el estupor me deja estupefacto. La respuesta es tan obvia como inquietante: esos jóvenes se parecen ya bastante a nosotros. Hemos conseguido que casi todos los caballos del mundo piensen y se comporten como nuestros caballos occidentales. La normalidad de los terroristas de Londres, ¿no es nuestra propia normalidad? Personas normales, buenos vecinos y virtuosos padres de familia eran los alemanes que veían pasar los vagones camino de Auschwitz; personas normales, buenos vecinos y virtuosos padres de familia, eran los nazis que gestionaban el transporte de judíos a los lager; personas normales, buenos vecinos y virtuosos padres de familia, eran los estadounidenses que lanzaron la bomba sobre Hiroshima; personas normales, buenos vecinos y virtuosos padres de familia, eran los chilenos y argentinos que arrojaban desde aviones a sus compatriotas maniatados y los que lo sabían o intuían y no dejaban de hacer la compra; personas normales, buenos vecinos y virtuosos padres de familia son los marines que se divierten aporreando iraquíes y fotografiando su dolor; personas normales, buenos vecinos y virtuosos padres de familia son los que, como Aznar, dijeron: «había vida antes de la crisis de Irak y habrá vida después de la crisis de Irak» y luego fueron a inspeccionar la reconstrucción de los hospitales de Bagdad que ellos mismos habían destruido; personas normales, buenos vecinos y virtuosos padres de familia son todos los que aceptan con naturalidad que su comodidad vale más que los dos brazos de Ali Ismail y la vida de los siete miembros de su familia. Somos todos un poco, bastante normales, como los jóvenes terroristas de Londres. Pocos días después del tsunami de diciembre, algunos turistas ingleses se bañaban en una playa de Indonesia y bebían sus cócteles refrescantes protegidos por una alambrada detrás de la cual cientos de huérfanos alargaban implorantes las manos en medio de una escombrera de cadáveres. Las agencias inglesas, para no perder demasiado dinero, habían abaratado los viajes a la pobre tierra martirizada y los turistas habían aprovechado las ofertas. Según sus propias declaraciones, estaban «ayudando a reconstruir el país». Lo «reconstruían» entre risas, bajo el sol, gozando plácidamente de unas merecidas vacaciones, sin que el dolor colindante alterase sus digestiones. Que algún filósofo de “El País” me explique cuál es la diferencia moral entre la normalidad de los turistas y la normalidad de los terroristas. Hay, me temo, demasiadas personas normales en este mundo. In dubio, pro reo La larga espera de AhmedFélix Bayón Hoy cumple 5.000 días de cárcel un hombre inocente. Hace más de seis años que el fiscal jefe de Cataluña, José María Mena, pidió el indulto para Ahmed Tommouhi, víctima de un error judicial. Posteriormente, el Tribunal Supremo se adhirió a la petición. Hace dos años –gobernaba aún el PP–, un diputado socialista preguntó al Gobierno qué pasaba y le respondieron que el indulto estaba en trámite y se resolvería "en breve". Ahora ha sido un diputado de Izquierda Verde el que ha reiterado la pregunta y le han dicho lo mismo. Tommouhi, un trabajador marroquí analfabeto, fue condenado en 1991 junto a su amigo Abderrazak Mounib por una serie de delitos de agresión sexual. Seis años después, una prueba de ADN reveló que el autor de una violación por la que habían sido condenados era un español, que se confesó violador en serie y fue condenado por ello a 228 años. Tommouhi, para su desgracia, tiene un insólito parecido con el verdadero autor del delito. Se intentó revisar el resto de condenas por agresiones sexuales atribuidas a Tommouhi y Mounib, cometidas todas con idénticos métodos a los usados por el violador español, pero los recursos no prosperaron. Fue entonces cuando el fiscal Mena optó por pedir el indulto, porque, dijo, dudaba "en conciencia" de la culpabilidad de Tommouhi. Entretanto, Mounib murió en la cárcel. Tommouhi ya ha sufrido un infarto. Si algo prueba su inocencia, además del sentido común, es su actitud, de gran dignidad. Tommouhi podía estar ya en libertad si hubiera aceptado acogerse al programa de permisos carcelarios y luego al régimen abierto. Pero –cosas de pobres– él no quiere que le restituyan sólo la libertad, sino también la honra. Saldrá, dice, cuando le declaren inocente. Pero el indulto tarda. Es lo malo que tiene ser pobre, moro y analfabeto. Si se hubiera dedicado a la política, hubiera metido la mano en la caja de un Ministerio, hubiera mandado secuestrar a un inocente o a torturar hasta la muerte a unos jóvenes, los trámites de indulto hubieran tardado sólo unos días. Lo hemos visto otras veces. La vida es así de demagoga. Es dudoso que la justicia sea igual para el poderoso y para el que nada puede, pero los efectos de las peticiones de indulto son aún más desiguales. Aparte de la infrecuente exhibición de dignidad de Tommouhi, el asunto tiene algún otro aspecto que te ayuda a reconciliarte con la especie humana. Como la cadena de solidaridad que gente de lo más diversa ha ido desplegando para recordar su caso a los medios de comunicación –siempre tan olvidadizos–, para incordiar a parlamentarios o llenar la web con su historia. Esta gente confiaba en que Tommouhi no llegaría cumplir los 5.000 días en prisión. Hoy los cumple. Duele ya menos el error judicial que la desidia de los Gobiernos. La Alianza de Civilizaciones no les debe dejar tiempo para pensar en un pobre moro analfabeto. Banda sonora: Hurricane, Bob Dylan. Here comes the story of the Hurricane, The man the authorities came to blame For somethin’ that he never done. Put in a prison cell, but one time he could-a been The champion of the world." |
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